QUERIDO sargento Moya: Te escribo de soldado a soldado, con la certeza de que hablamos un mismo lenguaje.
Soy uno de los miles de tus compañeros de armas, unos en situación de plena actividad y otros, como yo, alejados ya de ella, que sienten tu muerte en combate como algo propio, con dolor, con respeto y también con admiración.
No nos hemos conocido, pero tengo la seguridad de que en nuestros corazones han anidado las mismas raíces que dan vida al alma del soldado, el alma de quienes quieren profundamente a su nación y están dispuestos a luchar por mantener los valores superiores que la presiden y por preservar la dignidad del ser humano, dondequiera que pueda estar amenazada.
Voy a tratar de explicar por qué te alistaste voluntariamente para cumplir la peligrosa misión (sabías que lo era) que estabas desarrollando en Afganistán. Te imbuiste del espíritu de tu regimiento, el Garellano, el «bizarro», que, aunque creado tres siglos después, hizo suyo el temple del Gran Capitán, innovador en tácticas y estrategias, que con su victoria en aquella gran batalla en tierra italiana, consolidó la incorporación del Reino de Nápoles a la Corona española.
En tu hoja de servicio figura que has estado destinado en unidades paracaidistas (eres caballero legionario paracaidista) y acorazadas. Sé que como corresponde al caballero, has rendido siempre culto a la verdad y has sido un buen ciudadano. Por ello te has hecho querer y respetar en todos los ambientes. «Parco en palabras, pero rico en hechos, era un verdadero líder al que adoraban sus hombres, y querían sus superiores». Así me lo ha dicho tu jefe de batallón, el teniente coronel Romero.
Como legionario, creíste que «morir en el combate es el mayor honor», como reza en el viejo y siempre vivo Credo Legionario, sin que ello signifique que buscas la muerte, sino que la aceptas con gallardía cuando se presenta en el cumplimiento de la misión.
Como «paraca», creíste en los mandatos y en la oración paracaidista que tantas veces repetiste: «Querer ser el mejor soldado de la Patria» (sin nunca creer que lo has conseguido)… «Nunca se sabrá de mis hazañas por mis propios labios»…
Como soldado de carros de combate, te gustó el lema de las unidades acorazadas: «Cañón y coraza y sobre todo, corazón». Y te acoplaste al «tanque», aunque tu espíritu estaba en la Infantería Ligera.
Pediste participar en la misión más difícil: instruir al Ejército afgano, el único que a la larga puede proporcionar paz y seguridad en aquella atormentada región. Ortega y Gasset nos dejó escrito: «El estado de guerra permanente en que viven muchos pueblos se debe precisamente a que ninguno de ellos es capaz de formar un Ejército y, con él, una respetable y prestigiosa organización nacional». España lo sabe muy bien, porque durante muchos años combatió en las duras tierras rifeñas, que sólo logró la pacificación del protectorado cuando consiguió implicar en la lucha contra el rebelde a unas bien instruidas tropas indígenas: Los Regulares, las «harkas» y las «mehalas».
Sin duda, la misión que elegiste era del más alto riesgo, porque al insurgente talibán, que no renuncia a tener libertad para el cultivo y tráfico de drogas y a que su tierra sea refugio y exportación del terrorismo del radicalismo islámico, sabe que a la larga su principal obstáculo será un Ejército afgano bien instruido. Impedirlo es uno de sus principales objetivos, y en tu noble misión, instruyendo a soldados afganos en una acción operativa, encontraste la muerte en combate y quedaste inscrito en una de las páginas de nuestra Historia.
Seguro que ya te habrás presentado ante el Dios en el que creo, y que muy probablemente te habrá asignado el mando de alguna de las cohortes celestiales que, sin tener más armas que el amor, ocupan un puesto en vanguardia en la lucha contra la soberbia, el egoísmo, la insolidaridad y la poquedad de los que no sabemos seguir el camino que marcó su Hijo.
Quizás ahora que estás arriba entiendas lo que yo no alcanzo a comprender aquí abajo: por qué para salir de la dura etapa en que nos encontramos, en las continuas reuniones de Jefes de Estado y Gobierno se habla de todo tipo de reestructuraciones financieras y económicas (indudablemente necesarias), pero creo no haber oído nada de la imperiosa necesidad de regenerar los valores en que se tiene que apoyar nuestra civilización, los que tú has ido a defender a Afganistán, empezando por la honestidad y el respeto a los derechos humanos. Si fallan estos valores, es difícil sacar nada adelante.
Un abrazo muy fuerte de este viejo militar. Apáñate para transmitírselo a tu familia y, muy especialmente, a tu hijo Sergio. Tiene una buena raíz y será un hombre de bien.
AGUSTÍN MUÑOZ-GRANDES GALILEA ES COMPAÑERO DE ARMAS DEL SARGENTO 1º MOYA Y TENIENTE GENERAL (R)


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